ARISTA ESTE DEL WEISSHORN DESDE DOMHUTE JULIO 2006David hace unos días me dijo que él disfrutaba con la actividad en sí misma, pero que se había dado cuenta de que yo lo hacía con la preparación durante los meses anteriores; pues bien cierto es. De alguna manera, vivo el presente de cada día que se me ofrece la oportunidad de dedicarle unas horas a planear la ruta, el equipo, analizar los riesgos, las alternativas, etc. y ello me sirve no solo para evadirme del día a día más oscuro y tedioso de nuestra existencia, sino para que el cerebro vaya asumiendo y recreando permanentemente lo que podrá ser necesario durante la actividad en sí.
El año pasado, nuestro problema más destacable fue el mal de altura que un miembro de la cordada sufrió y por ello, el plan para este año preveía una buena dosis de aclimatación. Para ello elegí una travesía de refugios con una altura media de 3.500m durante 4 días. Por supuesto esta travesía implicaba ciertas cimas que en un principio parecían fáciles, pero ¡oh!, descubrimiento, los Alpes pone a todos en su sitio y nada es lo que parece. La última fase del programa y tras un día de descanso, ambicionaba ascender por su arista Este la esbelta cima del Weishorn que como se puede ver estaba a tope de nieve.
21 de Junio de 2007
El plan para esta primera parte era salir de Zermatt y llegar al Klein Materhorn en teleférico desde donde ascenderíamos el Breithorn. Posteriormente recorreríamos la base de esta/s cima/s con el objeto de llegar al refugio de Guide D’Ayas esa misma tarde.
Para nuestra desgracia salió un día bastante malo. La niebla era muy espesa, estábamos a unos -2ºC y el viento en algunos casos bien podría superar los 40km/h lo que traducido a sensación térmica significaría -30ºC.
Además de estas condiciones, una de las partes que más me atemorizaba de la expedición, era la orientación. Aunque hubiese estudiado cien veces la ruta y hubiera leído mil reseñas, el hecho de enfrentarte a un macizo desconocido en donde las dimensiones se pierden entre las paredes de las montañas y las grietas de los glaciares, supone una carga tan importante o más que la de nuestras espaldas.
A ciegas y con el GPS funcionando a duras penas, iniciamos la ruta hacia el collado del Breithorn con el objeto de virar hacia el Norte y dirigirnos hacia la cara sureste de la montaña. Por suerte localizamos unas tímidas huellas de algunas cordadas atrevidas que seguimos ávidos de referencias. De vez en cuando y para recordarnos quien manda sobre este planeta, la naturaleza hacía de las suyas y nos despejaba el camino solo para dejar entrever la inmensidad del lugar donde nos encontrábamos animándonos a meternos ingenuamente en la boca del lobo. Como no puede ser de otra manera y con nuestros aires de suficiencia, nos dejamos engañar y continuamos con la ascensión creyendo que sería coser y cantar, pero por supuesto la última palabra y eso nunca debemos olvidarlo, la tiene la natura y se pronunció claro y fuerte. De repente, un golpe de viento empezó a borrar las huellas y por un segundo no sabíamos si ascendíamos, descendíamos o lo que era pero, derivábamos hacia la arista y el precipicio. Triste pero oportunamente, decidimos darnos la vuelta a menos de 100m de la cima y tratar de retomar la huella existente hacia el punto donde debíamos desviarnos hacia el refugio.
Hay que indicar que la ruta diseñada para estos 4 primeros días era una circular con origen y retorno en Zermatt y desde luego no nos sobraban las oportunidades de llegar a los diferentes refugios intermedios. Dadas las condiciones meteorológicas, llegar a Ayas iba a ser una seria aventura ya que de continuar con la ruta, no tendríamos opción de regreso y nos veríamos obligados a llegar hasta él o en su defecto vivaquear a 4.000m de altitud sin pertrechos para pernoctar. Así que una vez analizados pros y contras optamos por aventurarnos y emplear todas las horas de luz disponibles en el intento. Por suerte una cordada de dos Suizos iba unos cientos de metros siguiendo nuestra huella y optamos por esperarlos para consultar. Nos vino bien su ayuda y durante un par de horas nos turnamos en la ardua tarea de abrir el paso en una nieve sin transformar que había caído durante las últimas semanas. Por fin llegamos al impresionante Vivac colgado de Rossi Volante lugar donde nuestros compañeros de armas se desviaron dejándonos a nuestra suerte que por otro lado fue cambiando ya que la niebla y el viento habían mitigado.
Nuestra última anécdota de la que aprendimos como se suele decir a golpe de sufrimiento, fue descendiendo por una pronunciada pala. Nuestro primer error fue seguir una traza pensada para el invierno que ciega las grietas y rimayas. Durante la bajada se templaron nuestros nervios cuando descubrimos que la nieve había perdido la gruesa capa que nos hubiera protegido. De repente, una elegante grieta diagonal a nuestra trayectoria, me engulló hasta la cintura.
Es curioso, durante meses he recreado esta situación y cuando se presenta, nunca es lo que esperabas. La adrenalina hace que un sudor frío y un calambre recorran tu cuerpo. La fuerza y los reflejos se multiplican y aunque no tienes claro lo que pasa, la reacción primaria es la de sobrevivir. Por suerte pude minimizar la caída gracias a la mochila y la extensión de los brazos que lograron detenerme, el resto del trabajo lo hice con ayuda de Manolo y David que estaban atentos y lograron mantenerme en ese punto sin que se agravara más la situación.
Para evitarles el mal por el que yo tuve que pasar, y tras haber puesto orden en la situación de minicrisis en la que David casi descoyunta con los crampones a Manolo mientras este blasfemaba en hebreo, monté una reunión con un par de tornillos de hielo al otro lado de la rimaya y continuaron con el descenso que estuvo aliñado con desprendimientos de piedras y hielo procedentes de un siniestro serac de unas mil toneladas que nos observaba atentamente por encima de nuestras cabezas.
La llegada tras esta última experiencia fue algo pesada por el nefasto estado de la nieve. Llevábamos cerca de 7 horas de trabajo sin descanso, y por fin avistamos ell tan ansiado refugio, que por cierto estrenamos nosotros como primeros huéspedes de la temporada.
22 de Junio de 2007
Teníamos previsto ascender este día el Pollux, el Castor, y pasar la noche en el refugio de Quintino Sella, pero tras el desgaste del día anterior y un ápice de humildad que poco a poco fue haciendo silenciosa mella en nosotros, sacamos de la ecuación la cima del Pollux, y menos mal, porque este día también fue de aupa, 8 horas.
Con una luz espléndida y el atisbo de un buen día, remontamos la huella de la tarde anterior con una nieve en mucho mejor estado. Por supuesto en esta ocasión dejamos de lado nuestra rimaya maldita y nos dirigimos por la que tendría que haber sido la traza normal para el estío, hacia el collado di Verra dirección este-noreste ganando en una hora, los 450 metros de desnivel.
Un tanto atemorizados y con un viento del norte que cortaba el hipo, optamos por seguir las instrucciones de nuestra guía, y atacar por la pala noroeste del lado Suizo. Lo cierto es que tuvimos nuestras dudas ya que la cara suroeste Italiana también tenía buena pinta, pero como se suele decir “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer” y en nuestro caso, “lo conocido” era nuestra reseña.
Estuvimos quizá 3 ó 4 horas trazando diagonales para doblegar la ladera y francamente, ir de primero es física y psicológicamente agotador. En ocasiones, una placa de hielo nos sumía en un silencio que se oía a cientos de kilómetros. Otras veces, los casi 50º de pendiente nos obligaba a tallar escalones en la nieve. Llegando al tramo final me vi superado por la situación y aunque sabía que no era viable retornar, les pregunté tímidamente a mis compañeros, si se veían con fuerzas para continuar. Por suerte para todos y especialmente para mí, encontramos un pequeño refugio entre las rocas que nos sirvió para descansar no solo del esfuerzo permanente, sino del viento continuo que se había agravado hora tras hora.
Desde este rincón podíamos otear la cima, pero para continuar subiendo el listón, nos esperaba una arista de nieve afilada como una espada toledana. Puedo asegurar que es la imagen que si no todos los alpinistas y montañeros esperan ver, yo sí.

Ascender con un pié en la ladera Italiana y otro en la ladera Suiza fue una tarea delicada, tremendamente delicada. El viento empujaba a golpes, la nieve se desmoronaba sorpresivamente y nosotros cual malabaristas sobre un cable de acero a 1.000m del suelo, progresábamos pausadamente hacia la cumbre del Castor de 4.228m
Manolo en el centro de la cordada y por la experiencia del año pasado, iba muy atento a un posible desliz por mi parte y tenía claro que de patinar hacia alguna de las dos laderas, tenía que dejarse caer a la contraria y creo que para tomar una decisión así, se tienen que tener las cosas muy claras. Por suerte, el destino no nos esperaba en esta ocasión con ningún susto y salvo algún traspié por el estado de la nieve, la llegada a la cima fue finalmente un tranquilo paseo.
En la cima apenas estuvimos un par de minutos ya que el fuerte viento no amainaba y tuvimos el tiempo justo para hacer unas fotografías y continuar con la travesía por la arista este hacia el collado Felik. El descenso por esta arista es infinitamente más fácil que por la oeste y deduzco que la subida tiene que ser muy cómoda.
Tras el esfuerzo al que habíamos estado sometidos, agradecimos la bajada y aprovechamos para bromear y distendernos un poco. Ingenuos de nosotros que creíamos haber superado todas las dificultades, llegamos al collado Felik y le pedí a David que se colocara delante para descender por la pala que nos dejaría en la parte superior del glaciar del mismo nombre. Aunque un poco reacio, finalmente aceptó y comenzó a bajar pausadamente hasta un punto en el que un grupo de rocas amenazadoras lo obligaron a virar hacia la izquierda realizando una larga travesía sin perder cota hasta haber superado el cortado.